“Déjenlos jugar”: Reflexiones sobre la lectura temprana

lectura tempranaCada vez que proponemos que es posible enseñar a leer a niños muy pequeños –antes de los seis años, incluso antes de los tres- recibimos comentarios de todo tipo.

Por un lado están, por supuesto, los entusiastas, los que saben o intuyen que los niños tienen un enorme potencial y que es bueno, no malo, enseñarles a leer –y muchas otras cosas- lo más pronto posible. Muchos de ellos ya han tenido experiencias gratificantes en la enseñanza de sus hijos o alumnos.

También tenemos a los cautelosos, los que están de acuerdo “a medias”, los que reconocen el potencial de los niños pero no están seguros de que estimularlos es una buena idea.  Sus comentarios por lo general denotan cierta duda o inquietud: “si el niño está listo va a lograrlo, pero no hay que presionarlo”, o “cada niño tiene su tiempo”.

En el extremo opuesto a los entusiastas, tenemos a los renuentes. Por lo general, ellos despliegan el mismo nivel de energía que los primeros, pero en dirección contraria. Pareciera que se sintieran ofendidos o incluso violentados ante la sola idea de enseñar a leer a los niños pequeños.  Sus comentarios manifiestan un rechazo vehemente a la enseñanza temprana, a veces  con agudas críticas o franca oposición.

No es de extrañar que cualquier paradigma, al ser enfrentado con nuevas ideas y argumentos contrarios, genere un oleaje de incertidumbre y haga centellear las chispas de la controversia. Con mayor razón aún cuando en el corazón del debate se encuentra lo más preciado de toda sociedad: sus niños.

Los renuentes son acérrimos defensores del “status quo”, el orden de las cosas. Si durante largo tiempo se ha sostenido que la mejor edad para enseñar a leer es a los seis o siete años, por algo será. Los cautelosos están conscientes de que es posible que las cosas sean diferentes a lo que la tradición ha dictado, pero temen las consecuencias de un cambio de ruta. Después de todo, lo desconocido, por muy buena pinta que tenga, no deja de causar cierto temor.

El principal argumento -tanto de los cautelosos como de los renuentes- en contra de la lectura temprana es la suposición de que al enseñar a leer a un niño pequeño de alguna manera se está violentando ese espacio sagrado de inocencia pura dedicada al juego. Creen que enseñar a leer a un niño de tres años le roba el tiempo que debería ser entregado al disfrute de ser y existir sin responsabilidad alguna, de crecer con libertad y sin las pesadas restricciones de la educación formal.

El problema es que hemos confundido el aprendizaje con la educación, y ésta con obligación.  Aprender a leer se asocia automáticamente con la escuela, y ésta con las largas horas de cada interminable día que pasamos –figuradamente- encadenados a un pupitre cuando nuestra alma de seis o siete años deseaba volar en libertad, trascender los muros de esa prisión inevitable y conocer el mundo como realmente nos interesaba: a través de aventuras personales y no de ejercicios incomprensibles y tediosos.  “La letra con sangre entra” , una frase que parece resumir las experiencias de muchos de nosotros en nuestras primeras escuelas.  El niño tenía que aprender porque esa era su “única obligación”, y no porque el aprendizaje fuera en sí mismo un proceso natural y gozoso. Lastimosamente, muchos crecieron considerando a la escuela como un castigo inmerecido al que habían sido condenados sin juicio previo y sin posibilidad de apelación.

Con justa razón, cuando alguien se atreve siquiera a sugerir que un niño de tres años podría aprender a leer, la imagen que llega a la mente de los cautelosos y los renuentes no es la visión  de un pequeño que lee con facilidad y disfrute, sino la de un inocente acorralado y obligado a entrar “antes de tiempo” en la prisión fabricada por padres y maestros egoístas que buscan colgarse al niño al cuello como si fuera una medalla al mérito de las ambiciones personales. Algo así como una versión intelectualizada de las madres que llevan a sus pequeñas hijas a los concursos de belleza, obligándolas a practicar por horas las poses y sonrisas que más les favorecen y adornando sus caritas inocentes con plastas de maquillaje y vestidos vaporosos que no sólo no necesitan, sino que entorpecen cada uno de sus movimientos.

Si eso fuera la lectura temprana, yo también estaría muy enojada con todo aquel que se atreviera a sugerirla. Después de todo, entusiastas, cautelosos y renuentes no somos tan distintos: todos somos defensores de la infancia.¿Puede haber cosa más cruel que robar al niño la alegría por aprender?

 Pero eso no es la lectura temprana. En primer lugar, leer no es una materia escolar. Leer es una función cerebral, igual que caminar o que hablar.  El niño aprende una de las habilidades más complejas del ser humano –el lenguaje- en muy poco tiempo y aparentemente con muy poco esfuerzo.  Y lo hace porque su ambiente está pleno de estímulos auditivos y su cerebro es especialmente receptivo a ellos.

La lectura también es lenguaje, sólo que llega a nosotros a través de un canal sensorial diferente: la vista, no el oído. Pero los estímulos lectores no están presentes en nuestro ambiente con la misma intensidad y frecuencia como los auditivos. Por eso, y sólo por eso, los niños no aprenden a leer espontáneamente. No es porque el cerebro no pueda. El cerebro del niño es el mismo que pudo aprender el lenguaje oral. Si preparamos el ambiente para que incluya los estímulos visuales pertinentes, el niño podrá aprender a leer, casi sin darse cuenta.

Por otro lado, las escuelas están cambiando. Muy lentamente, es cierto, pero poco a poco la visión de la ésta como prisión se desvanece para dar paso a la escuela como experiencia. Ya no pensamos que la escuela debe “preparar a los niños para la vida”. Porque para un niño, la escuela ya es la vida, o por lo menos una parte importante de ella, y lo que sucede al interior de sus muros será determinante de lo que pasará más tarde fuera de ellos.

Enseñar a leer a un niño pequeño no implica –por lo menos no en nuestra propuesta- hacerlo entrar a empellones en la camisa de fuerza de la educación formal.

“Déjenlos jugar”, exigen unos y suplican otros, como si enseñar a los niños a leer excluyera cualquier otro uso del tiempo infantil. Pero eso es una falacia: es posible leer y jugar, leer y disfrutar, leer y seguir siendo niño. Leer no es un castigo, es un privilegio.

Por supuesto, no enseñamos a leer a un niño de tres años de la misma manera en que la escuela tradicional nos ha enseñado a tantos, durante tanto tiempo.  Es necesario usar una metodología diferente, mucho más fluida, contextualizada, natural.  Nunca forzaremos al niño de tres años a leer. De hecho, no podríamos hacerlo aunque quisiéramos.  No lo condenaremos al suplicio incomprensible de las planas y trazos, no le haremos repetir letras que para él no tienen sentido. Por cierto, no creemos que esa condena sea justa tampoco para el niño de seis o siete, o de cualquier edad.

Leer no es la sentencia de muerte de la infancia. Leer es la cuna de la imaginación y la fuente inagotable de la que bebe la curiosidad y la inteligencia.

Leer es el mejor regalo que la civilización puede entregar a nuestros niños. Mientras más pronto leemos, más pronto nos convertimos en auténticos ciudadanos del mundo.

¿No es esto lo que queremos para nuestros hijos y alumnos?

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Preguntas sobre la Enseñanza Temprana de la Escritura

Por: Susan Aisen, Directora de Los Institutos para el Logro del la Excelencia Intelectual

Puedes leer esta entrada también el la página de Los Institutos para el Logro del Potencial Humano,  haciendo clic aquí.

Las siguientes son respuestas a las preguntas más frecuentes que nos hacen las madres acerca de enseñar a sus niños muy pequeños a escribir.

P: ¿Cuál es la cosa más importante que puedo hacer para ayudarle a mi hijo a aprender a escribir?

R: Puedes continuar enseñándole a tu hijo el mejor programa de lectura que te sea posible. Conforme le enseñas a tu niño a leer, y le presentas cientos de palabras, frases y libros, le estás dando virtualmente toda la información intelectual que necesita para escribir también. El vocabulario que utilizas, las oraciones que construyes, las interesantes historias que escribes le dan a tu hijo un montón de información importante que él necesita para desarrollar su estilo y creatividad en la escritura. Puedes considerar cada palabra de lectura en como una buena lección de deletreo, además de todo.

Enseñarle a un niño a leer a través de un programa organizado que se presenta con frecuencia, consistencia y claridad visual, es de hecho el mejor programa de escritura que conocemos. Y, por supuesto, además de enseñarle a tu niño a leer de manera independiente, el leerle con frecuencia libros que él todavía no puede leer por sí mismo es sumamente valioso para mejorar tanto la lectura como la escritura.

P: Mi hijo de dos años adora contar historias pero aún no está interesado en la escritura manual. ¿Alguna sugerencia?

R:  Si, ¡tu escribes mientras él habla! El pensamiento creativo, a través de la organización y auto-expresión es vital para ser buen escritor. El está avanzando tremendamente en su habilidad de escritura al  crear historias y le encantará verlas plasmadas en papel. Por supuesto, su habilidad para hablar está más desarrollada que su habilidad para escribir -manualmente- en esta etapa, y por ello le vendría bien una buena secretaria: ¡Tu!  Su habilidad manual eventualmente estará a la par, y para entonces él será mucho más fluido debido a que tú le ayudaste en este tiempo, en lugar de tener que esperar a que su propia convergencia visual y habilidades motoras finas se desarrollen. De esta manera, él no tendrá que perder el entusiasmo por la auto expresión creativa, sino que podrá desarrollarla continuamente. Puedes recrear las propias historias de tu hijo para hacer libros caseros para su programa de lectura, completos con ilustraciones. ¡El estará orgulloso!

P: Mi niña de tres años puede frustrarse mucho al intentar escribir. ¿Qué puedo hacer para que tenga más éxito en estos intentos?

R: Tu has observado en tu pequeña el gran esfuerzo que implica la escritura manual. Consideramos que la escritura es la más sofisticada de todas las funciones neurológicas. Combina la necesidad de tener buena convergencia visual y coordinación motriz fina,  y ambas cosas requieren una gran cantidad de oxígeno para el cerebro. Puedes ayudar mejor a tu hija si minimizas el esfuerzo necesario para escribir con éxito.

Primero que nada, planea sesiones muy cortas para que ella pueda hacer su mejor esfuerzo, repetidamente durante el día, en lapsos muy cortos -segundos, no minutos.  Las sesiones largas son muy cansadas y maximizan el esfuerzo requerido para escribir.

Provee a tu hija con herramientas de escritura y una superficie para escribir que faciliten la tarea. Los marcadores son preferibles a los lápices o la tiza que se rompe tan rápido y tan frecuentemente. Asegúrate de que los instrumentos de escritura tienen el tamaño adecuado para la pequeña mano de tu niña.  Las superficies lisas y fuertes, como los pintarrones, son más recomendables que el papel, que puede rasgarse con facilidad y ocasionar frustración.

Los niños muy pequeños pueden escribir más fácilmente si están de pie, en un caballete o en la pared, mejor que si están en un escritorio o peor aún, en el suelo. En la posición erguida, la convergencia visual se facilita, de igual manera que el movimiento del brazo. El uso de una superficie grande para escribir permite un trazo grande y menos difícil.

La buena iluminación y el poder contar con un área de trabajo tranquila y libre de distracciones también contribuyen al éxito.

P: ¿Qué actividades físicas puede hacer mi hijo para mejorar su habilidad para escribir?

R: ¡Qué buena pregunta! Hay varias actividades físicas que promueven la organización neurológica necesaria para escribir y es sabio incluirlas en este tiempo. Una de tales actividades es la braquiación. La habilidad requerida para recorrer un pasamanos, mano sobre mano en el aire, favorece tanto el desarrollo de la convergencia visual como el de la coordinación motriz fina. Al mismo tiempo, el pecho crece, y esa mayor capacidad respiratoria ayudará en mucho a llevar oxígeno al cerebro, como se requiere. Aún más básicos que la braquiación, son los grandes beneficios que se obtienen gateando y arrastrando. Estas dos actividades efectivamente desarrollan los caminos visuales y motores y sientan los cimientos para varias funciones neurológicas, tanto intelectuales como físicas. Un centenar de metros al día (o más) mejorarán las habilidades sofisticadas, como el hecho de poder leer y escribir con letras progresivamente más pequeñas.

P: Mi hija de cuatro años ocasionalmente escribe algunas letras al revés. Aún no la he corregido cuando esto sucede. ¿Debería hacerlo?

R: Es natural que los niños pequeños inviertan el orden de algunas letras o incluso algunas palabras cuando están en la etapa inicial de aprender a escribir. Después de todo, las letras en realidad son muy parecidas entre ellas, y como resultado del gran esfuerzo visual requerido puede surgir un poco de confusión. Confía en que puedes juzgar en qué momento comenzar a señalar muy suavemente las mejoras que pueden hacerse. Esto puede empezar cuando un niño ya se siente consistentemente exitoso en la escritura, y puede escribir ya varias palabras de manera independiente.

El gateo, el arrastre y la braquiación pueden ayudar a un niño a superar esta etapa (o incluso evitarla por completo) al promover continuamente las habilidades visuales del pequeño y su madurez neurológica en general. Por ejemplo, en las etapas iniciales de la escritura, los dos ojos deben de trabajar juntos perfectamente para poder lograr esta complicada hazaña intelectual y física. Cuando los ojos no siempre mantienen esta coordinación, puede sobrevenir confusión visual y por ende dificultades para leer y escribir.

Más tarde, el desarrollo de la dominancia hemisférica, entre los 3 y los 6 años, ayudará en buena manera a resolver este problema. En esta etapa final del desarrollo, un lado del cuerpo -ojo, oreja, mano y pie- asumen las funciones que requieren mayor habilidad en la lectura y la escritura. De esta manera, el enorme esfuerzo involucrado en coordinar ambos lados para las actividades que son más eficientemente logradas por uno solo, es eliminado. Una vez que la lateralidad realmente se establece en el niño, los problemas como las letras invertidas desaparecen.

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