El currículo que se cambia a sí mismo

Más o menos cada diez años se publica un nuevo plan de estudios para la educación básica en mi país, México. Por lo general, el documento, cientos de páginas de largo, se anuncia con gran fanfarria.

Es difícil, si no imposible, mantenerse al día con el ritmo acelerado del mundo de hoy. Desafortunadamente, incluso antes de que se seque la tinta del más nuevo currículo, éste pudiera ya ser irrelevante, estar desactualizado, o ambos.

Si tuviera el improbable poder de crear el plan de estudios para las escuelas de educación básica, trataría de diseñar el currículo que se cambia a sí mismo.

Los currículos que he conocido están completamente secuenciados, son lineales y en su mayoría fijos. Hay muy poco espacio, si es que hay alguno, para tomar emocionantes desvíos hacia los intereses del estudiante.

Mi plan de estudios se basaría en “proyectos de pasión” dirigidos a adquirir conocimientos y habilidades, pero también a descubrir cualquier cosa que dispare el corazón de un alumno. Iluminar la mente iría de la mano con acariciar el espíritu. Cada niño o adolescente tendría la libertad y la responsabilidad de elegir su propio camino educativo. Los proyectos de pasión les darían los fundamentos, desde el lenguaje hasta las matemáticas, pasando por las artes y las ciencias, y los incitaría a venir por más. En vez de una escalera lineal, veríamos una red caprichosa con muchas líneas, diferentes para cada estudiante o, por lo menos, para cada grupo, guiados por el docente. Todo comenzaría en el centro, el núcleo de la telaraña, y avanzaría hacia fuera en muchas direcciones, incluso tomando giros y dando saltos.

El currículo sería enorme, pero sólo para acomodar la diversidad de los intereses de los estudiantes. No se esperaría, de nadie, cubrirlo todo. Uno podría fácilmente profundizar en un tema que le susurró al oído, y pasar por los que no lo hicieron de una manera más superficial.

Cuatro elementos básicos guiarían el flujo, pero no deberían confundirse con “materias”: Tecnología, Ciudadanía Global, Habilidades del Pensamiento y Lectura.

La tecnología sería la plataforma, el cohete que hace despegar al contenido. No sería el profesor ni el contenido mismo. La tecnología – incluso la gran tecnología – no reemplazará a los maestros, buenos o malos. Pero sin duda cambiará la forma en que enseñamos. La tecnología daría al currículo la habilidad de actualizarse con facilidad y transformase para cada niño. Además, pondría a disposición de maestros y alumnos el enorme acervo de recursos en el ciberespacio, orientándolos hacia el contenido pertinente y relevante de acuerdo a sus intereses. El currículo también daría la pauta para que los mismos estudiantes y maestros desarrollaran contenidos paralelos y los integraran a esta gran nebulosa, contribuyendo con su granito de “polvo cósmico”.

A medida que continuamos evolucionando hacia una especie de escuela mundial, la ciudadanía global es una necesidad para guiar a nuestros estudiantes por los vericuetos de la sociedad hiperconectada y multiexigente en la que ya estamos inmersos. La tolerancia religiosa, la igualdad de género, la inclusión, el respeto a la diversidad, el uso responsable de nuestros recursos y sí, el conocimiento y atención de los problemas más apremiantes del mundo -tanto globales como locales- son mucho más importantes que, digamos, memorizar la fecha en la que Colón llegó a América (un dato que muy fácilmente nos puede dar el Dr. Google).

Esto nos lleva a las habilidades de pensamiento crítico. El conocimiento sigue siendo extremadamente importante – pero junto con él, la capacidad de diferenciar lo veraz de lo inexacto. Google, ciertamente, tiene todas las respuestas: incluyendo muchas erróneas o sesgadas. No necesitamos saberlo todo, pero debemos saber dónde y cómo encontrar la información fiable que requerimos – y qué hacer con ella.

Mañana, los niños tendrán que reinventarse constantemente para mantenerse al día con los desafíos de esta cuarta revolución industrial. Por ello, hay una gran demanda de autodidactas. Si queremos personas que aprendan de por vida, necesitamos lectores de por vida. Nuestros sistemas escolares han tenido cierto éxito en el desarrollo de personas que pueden leer, pero no en desarrollar lectores. Hay algo completamente equivocado en esto – y necesitamos encontrar soluciones ahora.

¿Es este supuesto currículo una utopía? Bien podría serlo.

Pero bueno, yo

sólo soy una maestra.

¿Leer o jugar? Cultivando jóvenes lectores

Este artículo fue publicado inicialmente en Educación Futura y, su versión en inglés, en Huffington Post

¿Por qué, para algunas personas, es tan desagradable leer? Para quien ama la lectura, es inexplicable que otros la encuentren aburrida. Y ellos, por su parte, no entienden cómo alguien puede pasar horas con las manos pegadas a un libro.

No es necesario ahondar en los beneficios de la lectura. Los conocemos. Y sabemos que los lectores pobres se enfrentan a un futuro más difícil – por lo menos académicamente.  Los maestros pasamos horas tratando de lograr que nuestros alumnos lean más. Y lo intentamos todo: desde las promesas de la tecnología, los programas de moda, las tablas de control para alcanzar premios, los talleres de animación a la lectura y las lecciones remediales para casos difíciles.

Me parece, sin embargo, que la pregunta está mal formulada. No debemos cuestionarnos cómo hacer que los niños lean más, sino cómo lograr que se apasionen por los libros.

Pongamos un punto en claro: Nunca lograremos convertir a un niño en lector, si él no disfruta la lectura.  Puede ser que lo hagamos leer – aunque sea sólo para evitar reprobar, librarse de un castigo, eludir el ridículo o terminar de una buena vez con esa tarea. Quizá el niño intente zafarse de la lectura con excusas, pretextos, quejas o incluso trampas. Tan pronto como pueda, el niño abandonará la lectura. Y nunca más leerá a menos de que sea absolutamente necesario.

Por otro lado, igualmente difícil sería intentar convencer a un niño que ama leer, para que abandone los libros.

La clave para convertirse en un buen lector es disfrutar la lectura.

¿Cómo lograr esto en nuestros alumnos? No hay una respuesta simple, pero mucho de ello está en cómo los maestros abordamos la lectura:

  1. Leer debería ser fácil – y para ello, necesitamos acoger en la mente y el corazón lo que el libro nos susurra. Muchos niños (y adultos) pueden decodificar los símbolos escritos y traducirlos al lenguaje oral, pero un buen número de ellos no pueden realmente comprender textos complejos. La lectura, entonces, se vuelve sinónimo de frustración y aburrimiento. Un gran porcentaje de la población alfabetizada no leerá a menos de que no tengan escapatoria (por ejemplo, por exigencias escolares o laborales). Por mucho que nos duela reconocerlo, México no es un país de lectores (y no llevamos este estigma de manera exclusiva). Es tiempo de repensar cuándo y cómo es que enseñamos a nuestros niños a leer, porque si nos basamos en los resultados, es evidente que lo estamos haciendo muy tarde, muy poco y muy mal.
  1. Leer no es un ejercicio – los niños no deberían leer “para ejercitarse” o como si fuera una dieta. Los adultos leemos sólo por una de dos razones: para obtener información o para obtener disfrute. Sin embargo, cuando enseñamos a leer esperamos que los alumnos completen un sinnúmero de planas de bolitas y palitos, y que lean todos los días en voz alta para “ir desarrollando su habilidad lectora” (y de paso demostrar sus avances a padres y maestros). Les pedimos que lean, y luego les hacemos “preguntas de comprensión” sobre lo que leyeron, para que nos comprueben que lo hicieron. Aún para quienes somos lectores, la idea de leer un libro sabiendo que al final alguien nos hará un examen disminuirá en mucho el disfrute que esa lectura podría habernos redituado. En vez de adentrarnos en el abrazo íntimo del libro, sin más premura que sentir su calidez, continuamente nos estaríamos preguntando: ¿Será que esto viene en el examen? ¿Debería subrayarlo? ¿Volverlo a leer? ¿Tomar notas? Una lectura constantemente interrumpida por este tipo de ansiedades no se disfruta – se sufre.

Los niños deberían leer, desde el principio, por el gusto de hacerlo o para adquirir información sobre algo que le interese – o las dos cosas juntas, aún mejor.

  1. Leer no es una materia escolar. Leer, de acuerdo a la Asociación Americana de Pediatría (Silver y Silver, 2011) y otros (Doman, 1971, Norton y Doman, 1982) es una función cerebral, como hablar o caminar. Dada la estimulación y oportunidad necesarias y adecuadas, todos los niños son capaces de leer. Los niños con necesidades educativas especiales requerirán mayor duración, intensidad y frecuencia en los estímulos, pero pueden también aprender a leer.  Si la lectura no es una materia escolar, deberíamos cuestionarnos por qué enseñamos a leer a los niños a los seis años –al inicio de la escolarización formal- y cómo lo hacemos: desmoronando la comprensión al fragmentar el lenguaje en pequeños pedacitos sin significado, para después enseñarlos reorganizándolos en unidades de aprendizaje (el primer mes abordamos las vocales, luego algunas consonantes, más tarde construimos sílabas, etcétera) ¿No es esto antinatural? Jamás lo haríamos con el lenguaje oral. Y la lectura es lenguaje.
  1. La lectura es una elección –no una obligación. Esto va no sólo para el acto de leer en sí, sino también para los contenidos de dicha lectura. ¿Qué leen nuestros alumnos? Desde el inicio del ciclo escolar los armamos con una lista de “lecturas requeridas”. La misma lista que año tras año hemos entregado a generación tras generación de estudiantes. Si tenemos una lista de libros para cada grado, usémosla como sugerencia solamente. Cada niño debería poder elegir qué leer de acuerdo a su habilidad, intereses y gustos. Pero no es tan sencillo como abrirle las puertas de la biblioteca y dejar que se ahogue en la avalancha de opciones. El lector inexperimentado necesita que sus padres y maestros se vuelvan “curadores de libros” para él, que le introduzcan a diferentes géneros, que le ayuden a encontrar la voz del libro y a reconocer el susurro en sus palabras de papel.
  1. La lectura no es la antítesis del juego. Cuando hemos sugerido que los niños muy pequeños podrían aprender a leer, se han levantado voces para condenar la lectura temprana y para “recuperar” el tiempo de juego. Pero la lectura no es una actividad engorrosa que roba al niño de la libertad para jugar y disfrutar. La lectura no es un castigo (así es que nunca deberíamos dejar sin recreo a los niños y ponerlos a leer en el salón de clases como la pena que deban pagar por una falta).

¿Leer, o jugar? No es necesario elegir, porque una cosa no excluye a la otra. Y para el lector apasionado, la lectura es el mejor juego jamás inventado.

 

Referencias:
Doman, G. (1971) How Brain Injured Children Learn to Read. In “Conference on Child Language” preprints of papers presented at the Conference, Chicago, Illinois, November 22-24, 1971, p. 433-460.
Norton, R., & Doman, G. (1982). The Gifted Child Fallacy. The Elementary School Journal82(3), 249–255.
Silver, L, y Silver, D. (2011) Guide to Learning Disabilities for Primary Care.   American Academy of Pediatrics.