30 millones de palabras

El desarrollo del lenguaje es prioritario en la educación y cuidado infantil tempranos. Numerosos estudios avalan su importancia para el éxito académico posterior e incluso para el logro de las competencias necesarias para la vida laboral. El ambiente al que el niño pequeño está expuesto durante sus primeros años de vida – esto es, fundamentalmente en el hogar – determina de manera contundente la base para la adquisición y construcción del lenguaje. Mientras más enriquecedor sea este ambiente, mejor será el desarrollo del niño.

Sin embargo, el entorno que prevalece en las familias en situación de pobreza suele ser insuficiente para lograr el óptimo desarrollo neurológico del niño –y esto parece ser más evidente específicamente en el ámbito del lenguaje. Hart y Risley (2003) dan cuenta de ello cuando proclaman, según los resultados de sus investigaciones, que la diferencia en la exposición al lenguaje en una familia profesionista en comparación con una familia que califica para recibir ayuda gubernamental es de 30 millones de palabras para cuando el niño llega a los 3 años de edad.

No es de extrañar, entonces, que muchos pequeños en situación de pobreza, al momento de iniciar la educación básica, cuenten con un vocabulario expresivo mucho más limitado que el de los niños criado en una familia cuyos padres tienen mayor nivel de educación y bienestar social.

La desventaja en el nivel de vocabulario en estos pequeños es equivalente a dos años, lo que quiere decir que el niño de seis años, proveniente de un ambiente desfavorable muestra un desarrollo del lenguaje equivalente al de un niño de cuatro años que ha sido criado en un ambiente favorable. Esta desventaja, además, se puede traducir en un bajo desempeño académico que persiste aún después del tercer grado de educación primaria. Es una paradoja que quienes más necesitan estimulación y oportunidades de desarrollo sean precisamente los que se ven privados de ellas, trágicamente de manera especial en los primeros años de vida, cuando el cerebro está construyéndose.

Un programa ambicioso para el desarrollo del lenguaje en la educación temprana puede ser la clave para abatir la inequidad y la brecha en el desempeño escolar que aqueja a los niños que crecen en ambientes de desventaja.

Maestros: Es posible crear un ambiente rico en estímulos lingüísticos en nuestras aulas. Esto será aún más importante si atendemos a pequeños que, por su contexto, pudieran tener un vocabulario limitado. Mientras más temprano nos demos a la tarea de abatir ese déficit, mayores serán nuestras probabilidades de éxito.

Papás: Hablen con sus hijos, todo el tiempo. Cuénteles sobre cada cosa que van realizando juntos durante el día. Usen un vocabulario amplio, y explíquenles el significado de palabras sofisticadas. Lean con ellos todos los días, y deténganse unos minutos a comentar sobre sus lecturas. Inventen cuentos. Canten canciones. Enseña a leer a tu hijo aún cuando sea muy pequeño, con sesiones breves y felices, sin presión. La poesía son palabras que cantan: enséñale a tu hija la música del lenguaje. Si hablas más de una lengua, enséñasela. Glenn Doman solía decir que todos los niños son genios lingüísticos.

Despierta al genio. Convierte tu casa, o tu aula, en un palacio de palabras.

 

Por Elisa Guerra

 

Referencias:

Hart, B, y Risley, T. (2003) The Early Catastrophe. The 30 million word gap by age 3. Recuperado el 24 de Abril, 2019, de https://www.aft.org/sites/default/files/periodicals/TheEarlyCatastrophe.pdf

Lectura temprana y comprensión lectora: ¿relación imposible?

Hace poco recibí, en alguno de mis foros sociales, el comentario de una persona que alertaba contra los peligros de la lectura temprana: “Está demostrado que es difícil que antes de los seis años un niño entienda lo que está leyendo”, decía.

Esta afirmación me pareció muy interesante, por varias razones:

1. No cuestionaba la posibilidad de que los niños puedan aprender a leer antes de los seis años, sino que

2. Afirmaba categóricamente que un niño que lee antes de los seis años difícilmente comprende lo que lee, y

3. Aunque daba fuerza a la idea declarando “está  demostrado”,  no hacía mención a la fuente ni proporcionaba referencia a investigación científica alguna.

Respondí brevemente al comentario –no es fácil argumentar una postura en 140 caracteres, o aún en uno o dos párrafos- pero me quedé con la inquietud de abordar más ampliamente el tema, a través de este blog.

Durante el tiempo en que realicé la investigación documental para escribir mi libro “Aprender a Leer a los 3”,  consideré múltiples argumentos sobre la posibilidad o imposibilidad de la lectura temprana, sobre las ventajas y desventajas de diferentes metodologías, sobre los componentes vitales para la comprensión lectora, entre otros muchos postulados.  Analicé información estadística sobre el bajo desempeño lector de nuestros jóvenes, los escuetos hábitos de lectura de nuestra sociedad y las posibles causas de los problemas para aprender a leer. Pero no recordé haber leído a nadie que afirmara que los lectores tempranos, por el hecho de serlo, veían comprometida la compresión de lo que leen.

Buscando más información sobre este postulado, encontré una interesante investigación longitudinal realizada por Anne E. Cunningham, de la Universidad de California en Berkeley, y Keith E. Stanovich, de la Universidad de Toronto.  Estos investigadores realizaron una serie de pruebas que buscaban medir la habilidad lectora adquirida en un grupo experimental de niños de primer grado. Años más tarde, en el quinto y otra vez en el onceavo grado, se realizaron nuevamente pruebas no sólo de lectura sino de comprensión de textos, habilidades verbales específicas, cultura general o conocimiento declarativo (arte, música, ciencia, sociedad) y preferencias hacia la lectura sobre otras actividades recreativas.

Los resultados –publicados en el Journal of Developmental Psychology, fueron contundentes: Los niños que ya en el primer grado demostraban una habilidad lectora desarrollada –niños que aprendieron a leer con fluidez antes que el resto de la clase-  mostraban claras ventajas sobre los demás. El éxito temprano en la adquisición de la lectura está asociado con una habilidad verbal y conocimiento declarativo más elevados diez años después (Cunningham y Stanovich, 1997). Además, los niños que habían adquirido la habilidad lectora de manera temprana, obtuvieron puntajes más altos en comprensión lectora a los 16 años, y manifestaron preferencia por actividades de lectura en un porcentaje mayor que los muchachos que habían tenido un inicio lector más lento.

Ahora bien: no se trata simplemente de adelantar el proceso de adquisición de la lectura, sin adecuar la metodología de enseñanza para niños más pequeños.  Cualquiera que pretenda enseñar a leer a un niño de dos o tres años haciéndole repetir el alfabeto muy pronto se dará cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos.  El niño necesita encontrar significado en toda experiencia lectora,  sea o no temprana. El problema es que tradicionalmente hemos visto a la lectura como una actividad escolar o como un ejercicio intelectual, y no como lo que en realidad es: una función cerebral (Doman, 2007) y específicamente una habilidad del lenguaje, en este caso, visual.

Lectura temprana y comprensión lectora

Específicamente hablando sobre la capacidad de los lectores precoces para comprender los textos que leen, Zelan (1997) afirma que los niños pequeños pueden involucrarse profundamente en la lectura de un libro de su elección a causa de la relación temática de éste con su vida. Pero los niños tienen dificultad para evaluar la historia en un sentido literario, más allá de la resonancia hacia sus propias vidas.  Cuando el niño ha alcanzado un “sentido de sí mismo” como diferente de otros y es capaz de considerarse como un individuo único que busca ser integrado en la sociedad,  es precisamente este nuevo autoconcepto lo que lo lleva a preguntarse, al leer un texto, si pudiera ser significativo y aplicable no sólo a él mismo sino a otros.  En otras palabras, una vez superada la visión egocéntrica característica de la infancia temprana, el niño es capaz de extender el significado no sólo de lo que lee, sino de lo que escucha,  experimenta y vive, para incluir otras posibilidades, otras perspectivas además de la propia.

Se cree que este “sentido de sí mismo” está presente en el niño alrededor de los ocho o nueve años, (Piaget, 1969, Erikson, 1963, citados por Zelan, 1997)  más o menos al tiempo en que inicia el tercer grado de educación primaria.  Haría falta consultar investigaciones más recientes al respecto, pero aún si consideramos este marco temporal como válido, no implica que, antes de los ocho años o incluso antes de los seis, el niño no sea capaz de comprender lo que lee. Lo que debemos inferir, es que el niño pequeño comprenderá e incluso disfrutará lo que lee si encuentra relación entre el texto y sus propios intereses y experiencias de vida.  Dicho de otra forma, encontrar la voz del libro, y descubrir que le habla directamente a él.

 Las experiencias lectoras deben tener relación con la vida y los intereses del niño, y presentar un nivel de reto adecuado para conservar la motivación.

La exposición temprana a un ambiente verbal sofisticado crea las bases para una mejor comprensión del lenguaje, tanto oral como escrito. No podemos esperar que un niño de cuatro años comprenda y disfrute el escuchar una conversación entre científicos en el tema de física nuclear, a menos que esos científicos sean sus padres  y ese tipo de conversaciones hayan sido frecuentes en su hogar desde su nacimiento.  De la misma manera, no podemos esperar que un lector de tres o cuatro años pueda digerir con fluidez el Quijote de Cervantes, a menos de que sus padres le leyeran sus aventuras desde la cuna.

Lectura temprana y comprensión lectora  no son una relación imposible. En las condiciones adecuadas, pueden ser incluso un matrimonio feliz.  Uno que puede durar toda la vida. O, en términos científicos, por lo menos diez años,  como ya fue comprobado por Cunningham y Stanovich en la investigación analizada anteriormente.

¿Es posible aprender a leer antes de los seis años? Y si es así,  ¿qué pasa con estos niños más adelante?

Los resultados de un ambicioso proyecto de lectura temprana en el contexto preescolar aparecieron publicados por la UNESCO en su revista trimestral de educación. Se aplicó un programa de lectura temprana con 170 niños de una escuela de bajo desempeño en un suburbio al norte de París, el área con peores resultados escolares de Francia.  El programa de lectura se iniciaba a los dos años en la escuela maternal y continuaba hasta los cinco, cubriendo por completo el periodo preescolar.  Después, en el primer grado de primaria, se comparó al grupo experimental con otros niños de seis años, también cursando el primer grado, pero que no habían recibido el programa de lectura temprana.  Los resultados mostraron una muy marcada y favorable diferencia entre los niños que aprendieron a leer y a escribir de manera temprana, tanto en fluidez lectora como en formación de conceptos (comprensión) con respecto a los niños en el grupo de control. (Cohen, 1985). Un apabullante dato adicional que resulta muy significativo es que en el año en que inició el programa, un 54.5% de los niños habían tenido que repetir un grado escolar en algún momento de la escuela primaria. Tras la aplicación del programa, esta cifra disminuyó drásticamente, a sólo el 10.9%.

Por supuesto, el programa utilizó una metodología especialmente desarrollada para la enseñanza de la lectura a niños muy pequeños, en este caso, basada en el Método Doman.

Las investigaciones que he mencionado no son nuevas. Sin embargo, no es cosa fácil vencer los mitos y cambiar los paradigmas. Tradicionalmente, aún se sigue creyendo que la lectura temprana es el logro aislado de unos cuantos genéticamente privilegiados, y que para el resto de los niños es imposible o, en el mejor de los casos, contraproducente. Aunque cada vez hay mayor evidencia científica sobre la neuroplasticidad y sobre el poder del ambiente temprano, todavía se duda del potencial de los niños. En palabras de Masaru Ibuka:

“Cuando nos hablan de que Mozart ofreció un concierto de piano a los tres años de edad, o que John Stuart Mill podía leer literatura clásica en latín a esa misma edad, la mayoría de nosotros concluye: Por supuesto, los genios nacen siendo diferentes. (…) Ni Mozart ni Mill nacieron siendo genios, sino que a cada uno de ellos se les proporcionó, desde sus primeros años, una educación y un medio ambiente adecuados para el desarrollo de sus talentos hasta un grado máximo” (p.11)

¿Por qué entonces hemos pensado que los niños pueden aprender a leer sólo después de su sexto cumpleaños, y que algo muy grave –como explica jocosamente Doman en su artículo “Mitos sobre la lectura temprana” –sucederá con ellos si intentamos iniciar el proceso de aprendizaje antes, mucho antes?

Cohen (p.43) señala: Demos una mirada al concepto tradicional de la “edad adecuada” para aprender a leer. Se ha asumido, durante las últimas décadas, que los niños menores de seis años no pueden y no deberían aprender a leer, que el tiempo adecuado para comenzar podía ser establecido a través de pruebas, y que en la etapa preescolar se deberían de realizar solamente ejercicios preparatorios para la entrada a la escuela primaria. Y concluye: “Estos supuestos no han sido cuestionados por muchos años: quizá sea momento de hacerlo ahora”.

Referencias: 

Cohen, R (1985) Early Reading: The state of the problem. En Prospects: Quaterly Review of Education, UNESCO (15) (1) 41-48.

Cunningham, A., y Stanovich, K. (1997)  Early reading aquisition and its relation to reading experience and ability 10 years later. En Journal of Developmental Psychology, (33) (6), 934-945. Recuperado el 20 de Abril de 2013 en http://www.fatih.edu.tr/~hugur/love_to_read/Early Reading Acquisition and Its Relation to Reading Experience and ability 10 years later.pdf

Doman, G. (2007). Cómo enseñar a leer a su bebé. México: Editorial Diana.

Ibuka, M. (1997) El Jardín de niños ya es muy tarde. México, Editorial Diana.

Zelan, K. (1997) Thoughts on what children bring to Reading.  En Prospects: Quaterly Review of Education, UNESCO (15) (1) 49-56.

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¿Pueden los bebés aprender a leer?

Una pequeña de tres años reconoce palabras de lecturaPocas cosas pueden ser tan placenteras como una buena lectura, pocos regalos tan maravillosos como el aprender a leer. La persona que lee nunca estará sola: podrá ser amigo de todos los hombres y mujeres que vertieron sus ideas, sueños, experiencias y conocimientos en las letras, en cualquier tiempo, en cualquier lugar. El niño que lee se convierte en ciudadano del universo: por primera vez comparte el código secreto de los adultos, encuentra la ventana para salir volando hasta donde su curiosidad lo lleve.

Los adultos hacemos esperar a nuestros niños seis largos años antes de permitirles acceder por sí mismos al oasis oculto de la lectura. Lo hacemos no con el afán egoísta de quien no desea compartir la riqueza encontrada, sino porque pensamos que antes de esta edad no son lo suficientemente maduros o capaces para leer.  Será porque estamos conscientes de que leer es una habilidad cognitiva compleja, incluso misteriosa. Y no sabemos si exponerles a ella de manera temprana podría resultar infructuoso, o peor aún, dañino.

Estamos dispuestos a leer con los bebés, y podemos pasar largo rato contando historias y leyendo rimas a los niños pequeños. ¡Maravilloso! Es una de las mejores maneras de usar el tiempo que dedicamos a nuestros hijos. Pero, ¿enseñarles a leer?  Mmm, de eso no estamos tan seguros. Creemos que es tarea de la escuela, “ya le enseñará su maestra”, cuando tenga seis o siete años, con suerte desde los cinco, pero nunca antes. Creemos que, como padres, no estamos capacitados para hacerlo, no sabríamos por donde empezar. Pero los niños pequeños pueden aprender a leer, y de hecho quieren hacerlo.

Si un niño, a los dos años de edad, ha aprendido a entender y hablar su idioma materno –una hazaña enorme considerando las complejidades del lenguaje, las variaciones en los tonos de voz, la repetición accidental y desorganizada (pero presente) de los estímulos auditivos, ¿por qué no habría de ser capaz de aprender a leer?

Muchos podrían argumentar que si un niño pudiera o debiera realmente de aprender a leer a los tres años de edad, a los dos o incluso antes, entonces lo haría naturalmente, como sucede con el lenguaje oral. Y nos imaginamos que por alguna razón existe una superioridad del sentido del oído con respecto al sentido de la vista, de manera que los niños sí son capaces de comprender el lenguaje oral desde muy pequeños, pero deben esperar hasta ingresar a la escuela para comprender el lenguaje escrito. Sin embargo, la razón por la cual la mayoría de los niños no aprenden a leer “espontáneamente” es por la falta de estímulos adecuados para hacerlo.

Desde que el bebé nace, e incluso antes, los padres le hablan constantemente. El recién nacido ya es capaz de reconocer la voz de su madre y también ciertas peculiaridades de su propio idioma. En palabras de Glenn Doman, confirmadas cada vez por más expertos en neurodesarrollo, los bebés son genios lingüísticos.

El lenguaje humano es un verdadero milagro. Nuestros niños pequeños pueden entender y hablar su lengua materna gracias a su increíble capacidad cerebral y a que reciben los estímulos auditivos con duración, intensidad y frecuencia adecuadas para desarrollar su habilidad. Estos estímulos se les presentan de manera significativa, contextual, no fragmentada. El niño interactúa con su ambiente a través del lenguaje oral.  Los adultos a su alrededor le hablan en palabras y frases completas que expresan ideas precisas ligadas a su experiencia. Un niño de dos años que ha recibido un programa de estímulos visuales para la lectura, con las mismas características (no fragmentados, significativos, provistos de emoción y vinculados a las vivencias del niño) podrá aprender a leer.

Por supuesto, de la misma manera que no esperamos que un niño de 24 meses pueda ofrecer un discurso con perfecta claridad expresiva, o que pueda comprender una charla sobre temas complejos con uso de vocabulario sofisticado,  tampoco pretendemos que antes de los tres años sea capaz de leer El Quijote. Pero así como sí es posible que el niño comprenda y se exprese en un vocabulario consistente con sus propias experiencias, también es factible que pueda reconocer numerosas palabras escritas. El vocabulario oral se irá ampliando conforme los estímulos ambientales lo permitan. Lo mismo sucederá con el vocabulario lector.

Como ejemplo, aquí tenemos un video de Natalia, de dos años, reconociendo algunas palabras de lectura.

Otro  video más, un fragmento de una clase abierta de primer grado de preescolar (niños de 3 años) leyendo palabras.

La mejor manera de proporcionar estos estímulos a los bebés, de forma organizada y eficiente, es con un programa de lectura temprana que comience en el hogar,  a cargo de padres amorosos y conscientes del potencial de su pequeño. Pero también es posible aprender a leer a los 3 años, o incluso antes, en la escuela preescolar o maternal, con algunas variantes en el programa.

Doman, Cohen, Goodman, Bruner, son sólo algunos de los expertos que han afirmado y presentado evidencia de que los niños pueden aprender a leer desde muy temprana edad, mucho antes de los seis años.

Ahora, la pregunta a considerar sería: ¿Por qué o para qué habríamos de enseñar a leer a un bebé? Tú, ¿qué piensas?

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Puedes acceder a este blog también en: http://elisaguerra.org/blog/pueden-los-bebes-aprender-a.html

La semilla de la genialidad

Una pequeña de tres años comienza a tocar el violín

Una pequeña de tres años comienza a tocar el violín

En los últimos años, con el advenimiento de las neurociencias y la investigación sobre el cerebro, su funcionamiento, su desarrollo y las implicaciones para el aprendizaje y la educación, los científicos han encontrado cada vez mayores evidencias de algo que las madres ya sabíamos, intuitivamente, desde hace mucho tiempo: los bebés y los niños pequeños llevan dentro de sí la semilla de la genialidad.

Desde que un bebé nace, y quizá incluso antes, tiene un apetito voraz por aprender. Después de todo, necesita entender este mundo extraño lo más pronto posible, para garantizar su propia supervivencia. Intuitivamente, él sabe que depende de otros, y que debe desarrollar la habilidad de comunicarse con ellos –sus padres- para poder satisfacer sus necesidades de alimento, protección, amor y cuidado. La herramienta para la comunicación por excelencia es el lenguaje. Por ello, genéticamente hemos sido dotados con cerebros que están listos para aprender, de manera vertiginosa y precisa, cualquier idioma –o idiomas- que estén presentes contantemente en nuestro entono temprano. (Doman, 1997, 2206, 2007 Gopnik, A, Meltzoff, A, y Kuhl, P. 2000)

Al mismo tiempo que los bebés aprenden a entender y a comunicarse en el idioma de los adultos, las experiencias a las que están expuestos en su medio ambiente se vuelven determinantes para un sin número de nuevos aprendizajes. Si se le da la oportunidad, el bebé aprende a moverse de manera tal que desarrolla la habilidad para desplazarse en su entorno, gateando, caminando y más tarde corriendo. De igual forma, va acumulando conocimientos, aprendidos o inferidos, y con esa información construye activamente su inteligencia, partiendo de un potencial genético mucho más amplio que lo que antes se creía. En palabras de Glenn Doman, todo bebé tiene, al momento de nacer, un potencial de inteligencia comparable o mayor al desarrollado por Leonardo Da Vinci, Albert Einstein o Tomás Alva Edison. Qué tanto de ese potencial alcancemos dependerá en gran medida de las oportunidades de desarrollo presentes en nuestro ambiente de aprendizaje. En otras palabras, riqueza de experiencias produce riqueza cerebral.

Si bien la importancia del ambiente está latente durante toda la vida, los primeros años son críticos. La voracidad y facilidad con las que un niño aprende, tristemente no permanecen con nosotros por mucho tiempo. Por eso los adultos requerimos hacer un esfuerzo considerable para aprender cualquier cosa nueva, desde un idioma extranjero hasta tocar un instrumento musical o manejar un artilugio electrónico.

Desde mediados de la década de los cincuenta, a través de su trabajo con pacientes con lesión cerebral, Glenn Doman y sus colaboradores comenzaron a descubrir la admirable capacidad del cerebro para regenerarse después de una lesión y para desarrollarse a través de la estimulación. Tras comprobar que un pequeño de cuatro años con daño cerebral considerable fue capaz de aprender a leer, Doman no pudo dejar de preguntarse qué sucedía entonces con los niños sanos de la misma edad que no sabían leer. Muy pronto se dio cuenta de que los niños no aprendían a leer a edades tempranas no porque no tuvieran la capacidad, sino porque no se les daba la oportunidad. El libro “Cómo enseñar a leer a su bebé” fue publicado por primera vez en 1964, y desde entonces ha sido traducido a más de 25 idiomas. En este libro, Doman propone a los padres un programa de aprendizaje temprano de la lectura para bebés y niños menores de seis años. Más tarde presentaría propuestas para la enseñanza de las matemáticas, cultura general, idioma extranjero, música y excelencia física. Los programas Doman han permanecido vigentes por más de cinco décadas, y han sido aplicados por padres de todo el mundo.

En su diseño original, los programas Doman fueron creados justamente para ser llevados a cabo por padres y madres, en su hogar, con sus propios hijos. Sólo ahí podrían presentarse con la duración, intensidad y frecuencia óptimos, en un ambiente amoroso y familiar, desde el nacimiento del bebé y a lo largo de sus primeros años. Sin embargo, si bien existen diferencias en la aplicación y los resultados, es posible retomar la filosofía Doman para diseñar un programa enriquecido para el desarrollo intelectual, físico y social de los niños en edad preescolar.

Hemos llamado método Filadelfia a la adaptación de los métodos Doman para el entorno escolar. Esta adaptación ha sido desarrollada y aplicada en nuestra red de Colegios Valle de Filadelfia, con el aval y autorización de Glenn Doman y el personal de sus Institutos para el Logro del Potencial Humano. Durante más de una década, hemos tenido el gozo de embarcarnos en la aventura de enseñar a leer a niños pequeños, comenzando desde los dos años de edad o incluso antes. Hemos disfrutado con ellos de las grandes obras maestras intemporales del arte y de la música. Nos hemos maravillado al escuchar una discusión casual y amigable entre dos niños de cuatro años sobre las habilidades artísticas de Van Gogh y Picasso. Nuestro corazón se ha encogido de dicha al percibir las notas de un minueto de Bach producidas por un inquieto violinista de cinco años, o al disfrutar de un diálogo en uno o dos idiomas extranjeros, en voz de pequeñitos de tres años. No dejamos de admirarnos cuando cada año nuestros alumnos, desde los seis años, demuestran su excelencia física al completar un triatlón que incluye natación, bicicleta y carrera, o cuando a partir de los ocho años pueden presentar una conferencia breve frente a un nutrido auditorio, en inglés o en español. Pero lo mejor de todo es observar la facilidad y alegría con que ellos aprenden. Citando a Doman nuevamente, la magia está en el niño.

¿Qué necesitamos, entonces, para desarrollar al máximo el potencial de nuestros niños? Sólo tres cosas: padres comprometidos y amorosos, maestros capacitados y entusiastas, y esa semilla de genialidad rebosante, presente en cada niño que nace y evidente en cada par de ojitos que se abren desmesuradamente por la curiosidad y el asombro.

El potencial viene con el niño. Un ambiente rico en estímulos y oportunidades, a través de un programa ambicioso, divertido, cálido y bien organizado, depende de nosotros: padres y maestros. Sólo tenemos una oportunidad para dar a nuestros hijos el mejor ambiente de aprendizaje durante sus primeros años.  ¿Estamos listos para el reto?

Referencias

Elisa Guerra

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