El debate sobre la «edad idónea» para aprender a leer


Una de las principales razones por las que existe el debate sobre la “edad idónea” para el aprendizaje de la lectura se deriva de la idea de que “aprender a leer” es algo así como una materia escolar que hay que añadir al currículo, lo que de entrada coloca a la lectura en la escuela primaria, aterrizando automáticamente en el primer grado, alrededor de los seis o los siete años. A esa edad, asumimos que los niños y niñas ya “tienen la madurez” necesaria para iniciarse en este proceso. 

Lo que realmente tienen los niños a los seis años es una mayor capacidad para permanecer sentados por largos periodos de tiempo, separados de sus padres, en un ambiente escolarizado, acomodados en grupos mas o menos numerosos al cuidado de un solo docente. Entonces, nos “damos permiso” de atosigarlos con lecciones y ejercicios, de aburrirlos hasta las náuseas con planas y planas de frases desabridas e irrelevantes: al fin y al cabo, “la letra con sangre entra.”

El longevo paradigma que nos dice que los niños “deben” de aprender a leer a los seis años no parte en realidad de la capacidad e interés de los pequeños. Los seis años no son la mejor edad para el niño. Los seis años son la mejor edad para el sistema escolar que hemos creado, para el aprendizaje en masa, para la enseñanza de talla única.

Leer no es una materia escolar. Leer es una función cerebral. La “edad idónea” para aprender a leer es cuando es más fácil y gozoso para los niños, cuando existe mayor probabilidad de éxito, cuando el proceso puede realizarse sin prisas y sin presión, y cuando el cerebro es más receptivo a los estímulos lingüísticos (la lectura, a fin de cuentas, es lenguaje). Existe un amplio periodo de tiempo que cumple con estos requisitos: la infancia temprana. Para muchos niños, los seis años es demasiado tarde.

Una vez que determinamos el mejor momento para los niños para aprender a leer, entonces toca pensar cómo enseñarles, porque, por supuesto, no podemos presentar la lectura a una niña de tres años de la misma manera tediosa y descontextualizada como tradicionalmente se le enseña a una niña de seis (tampoco creemos que la forma tradicional sea la mejor manera para la niña de seis, o para los niños de cualquier edad, por cierto).

No se trata, como muchos piensan, de una carrera para “adelantar procesos”.  Todo lo contrario. No queremos empezar antes para acabar antes. Queremos empezar antes para llegar más lejos. Si empezamos antes, y lo hacemos de manera lúdica y relajada, no sólo tendremos más tiempo para lograr nuestro objetivo (tres o cuatro años en lugar de uno o dos) sino que podremos llegar a una lectura más ágil, más fluida, más significativa, y por ende con mayor comprensión, simplemente porque el cerebro de los niños muy pequeños es más sensible a los estímulos del lenguaje.

Leer es una de las habilidades más importantes para la vida, y sin embargo, ya desde antes de la pandemia, 57% de los niños de diez años, escolarizados en países de ingresos medios y bajos, no podían comprender un texto simple, según reportan el Banco Mundial, UNESCO y UNICEF. A raíz del cierre masivo de escuelas, ahora son siete de cada diez niños en estas regiones del mundo los que no pueden comprender lo que leen. 

Por supuesto, son muchos los factores que contribuyen a esta “pobreza de aprendizajes”. Pero no podemos asumir que todos los factores son ajenos al proceso de enseñanza en sí: necesitamos cuestionar el cuándo y el cómo hemos enseñado a nuestros niños a leer, porque, a juzgar por los resultados, algo hemos estado haciendo mal. Muy mal. 

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